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miércoles, 24 de septiembre de 2014

La niña que se fue

Lo he visto en tus ojos. No te lo crees.

No te crees que aquella niña que dejaste con los ojos empapados y las manos en los bolsillos haya crecido tan deprisa. Que cambiara no entraba en tus planes.
Quizás la imaginaste sentada en el mismo banco donde la dejaste, con la cabeza agachada y los tobillos cruzados esperando que volvieras. Probablemente escribiría tu nombre en un cuaderno, o miraría una foto tuya. Pero nada más.

Y te has encontrado que aquella niña que lloraba ahora es una chica que sonríe. Que ha aprovechado su nueva libertad para lanzarse al vacío y volar. Que ha ido y vuelto tres veces mientras tu te quedabas imaginando cómo te esperaría.
Esa chica no te odia, como te esperabas. Esa chica te sonríe porque te agradece que le soltaras las alas. Y te cuenta todo lo que ha hecho sin ti, que es mucho más de lo que nunca hizo contigo. Porque se puso el mundo en la maleta y echó a caminar sin rumbo y sin prisas.

Ahora esa niña no existe. No te está esperando.
No te lo crees.
Extraída de kunterbuntcottage.blogspot.com


domingo, 8 de enero de 2012

Chat

Miro a una pantalla vacía. Las últimas novedades de mis amigos, las últimas fotos que han subido, el último vídeo de moda en Youtube... Nada de esto llama mi atención esta noche. Pero, en una esquina, se enciende una pequeña luz verde. Me hablas... Y sonrío.
"-Holiiis guapete, q tal?
-Naas, aqui vagueand... y tu?
-Pos na, viend una peli q dn x la tele. S un pko aburridilla.
-Hoy nu sals?
-Nop, mis padrs s iban al cine y m toca qdarm cn mi hermana n ksa. Y tu no sals?
-Nu m aptecia dmasiado.
-Aumps... Oye qria dcirte algo... S importnte
-Ok, dime.
-Q bueno, ya se q s kmplicadillo y tal... Xo sq si no t lo digo creo q m arrepntire algun dia.
-Bueno, pues dime.
-Sq... Quizas ste no sea el mdio adcuado xa dcirtelo..."
Una pausa de un minuto, dos, tres, cuatro... No sé que decirle. Entonces me doy cuenta de que su lucecita verde se apaga. Se ha ido. Entonces empiezo a pensar en qué querría decirme. Apago el ordenador y me pongo a ver la tele, para distraerme. Al cabo de media hora suena el telefonillo. Qué raro, mis padres suelen coger las llaves. Me acerco a la puerta y cojo el auricular.
-¿Sí?
-Hola, soy yo, que quería verte para hablar contigo. ¿Puedo subir?
-¿Y has dejado a tu hermana sola en casa?
-No, está aquí abajo en pijama.
Y se oye una vocecita que dice:
-A ver tarado, que tengo sueño, abre.
Doy al botón de abrir, y voy corriendo como un rayo a cambiarme. Vaqueros, camiseta, colonia...Creo que está todo. Oigo el ascensor llegar, y suena el timbre. Abro la puerta y allí está ella, con su hermana pequeña de la mano.
-Hola, ¿podemos pasar?
-Si, claro, entrad.
Entran, y la pequeña va corriendo al sofá a ver la tele. Nosotros dos nos quedamos en la puerta. Silencio... Entonces decido empezar yo.
-Bueno, pues dime qué querías decirme.
-Es que el chat no me parecía el mejor medio para decírtelo, lo siento.
-¿Y cómo has convencido a tu hermana?
Bajas la cabeza y sonríes.
-Le he prometido mi paga de este mes.
-Vaya con tu hermana, espero que te merezca la pena.
Me miras a los ojos.
-Para mí la merece. Lo que quiero, lo que quería decirte... Es que te quiero, que no puedo aguantar un segundo más sin decirte que eres mi primer y último pensamiento de cada día... Y que me moría por hacer esto.
Te inclinas hacia mí y me besas suavemente en los labios, despacio. Después te separas y me miras a los ojos, sonriendo.
-¿Y bien?-me dices-¿Qué te parece?
-Qué no he entendido muy bien tu último argumento...
Me miras, como si no entendieses nada, con los ojos un poco empañados. Me das la espalda, así que te agarro del brazo y te obligo a mirarme.
-Eh, idiota, lo he dicho porque quiero que me lo repitas, si no te importa.
Entonces me sonríes, y me rodeas el cuello con tus brazos. Apoyas tu frente sobre la mía.
-¿Y cuántas veces quieres que lo repita?
-Mm... Sorpréndeme.
Entonces nos besamos, despacio pero con intensidad. Entonces oímos un carraspeo en el pasillo. Es su hermana, que nos mira.
-Oye, hermanita, quiero volver a casa ya. Deja de besuquearte y llévame a casa o me chivo a mamá.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Tarde de diciembre...

-Dios, qué frío hace-me dices, riendo. Llevas una bufanda gruesa de lana, y tienes las manos dentro de los bolsillos.
-Has tardado en darte cuenta, campeón-te contesto, sin poder evitar reirme también-. Se te está poniendo la nariz roja, como a un renito.
-¿Si? Entonces tendré que guiar a Papá Noél hasta tu casa en Nochebuena. Espero que hayas sido buena y te traiga muchos regalitos...
-Si, ojalá-digo, suspirando. Mi suspiro se convierte en una nubecita de aire que se pierde en el aire-. Aunque he pedido muy pocas cosas este año, espero que me las traiga todas.
-Bueno, como soy un reno ayudante, si me lo dices a lo mejor puedo influir en el "gran hombre" para que te lo traiga...
Me guiñas el ojo, y yo te doy un suave golpecito en el brazo. De repente, como si el cielo me hubiese leído la mente, empieza a nevar suavemente sobre la ciudad, sobre el banco en el que estamos sentados. Persigo los copos con la mirada, veo cómo bailan en el aire. Te sonrío.
-Esto es una de las cosas que había pedido-te digo-. Nieve.
-¡Ahá! Entonces está visto que soy una persona influyente allá en el Norte... -dices, sacando la lengua-. Ahora puedes pedir tu segundo deseo, que seguro que te lo conceden.
Entonces se me nubla la mente. No puedo decirte cuál es... No.
Aparto la mirada de ti, te doy la espalda, y miro los copos caer despacio. Se empieza a hacer de noche. Apoyas tu cabeza sobre mi hombro y me dices:
-¿Qué te ocurre? Sabes que puedes contármelo.
-No, es que... No sé si... Bueno...
Me tomas de la barbilla y me obligas a mirarte.
-¿Quieres que te diga cúal es el regalo que yo quiero?
-Si, pero...
-No hace falta que me digas el que ibas a pedir tú.
-Bueno, está bien... Pero porque me pones carita de reno, que si no...
Te ríes, y respiras hondo. No apartas tus ojos de los míos, ni dejo de ver una sonrisa en tu cara...
-Te quiero a ti de regalo... A ti bajo esta nieve, ahora.
No puedo evitar reírme. Te apartas y me miras, extrañado.
-¿Qué te parece tan divertido?
-Que yo te iba a pedir a ti de regalo también...
Entonces, consigo mi segundo regalo. Tu consigues el tuyo. Los copos de nieve se enredan en tu pelo, igual que mis dedos, mientras me besas despacio...

sábado, 3 de diciembre de 2011

Sutura

Pensé que iba a tardar más tiempo en darle el visto bueno a este texto, pero parece ser que ya está listo para que lo veáis... Agradecería que comentaseis, tanto si os gusta como si no.
Recuerdo a aquella paciente como si la hubiese atendido ayer.

Aquella tarde cuando llegué a mi consulta, no tenía casi ganas de nada. Me puse la bata y entré al despacho. Al rato llegó Raúl, mi ayudante, con una taza de café y la agenda con los pacientes de la tarde.

-Gracias Raúl- le dije sonriendo, mientras me sentaba-. ¿Qué tenemos esta tarde?

-Pues tienes un par de pacientes que nos los han derivado del hospital, otros dos con cita previa y uno sin cita.

-¿Uno sin cita? ¿Quién es?

-Acaba de llegar, es una chica de unos veinte. Ha traído una tarjeta nuestra y me ha dicho que necesitaba verla cuanto antes.

-Vale, pues mientras me localizas los historiales de los del hospital, hazla pasar.

-¿A cuál la llevo? ¿A la sala uno?

Tras pensarlo un instante dije:

-No, tráemela aquí. Antes de ir a avisarla, tráeme el maletín, por favor.

Raúl se fue y al cabo de un minuto volvió con los historiales y un maletín negro con un cerrojo dorado. Mientras iba a buscar a mi paciente, le di un largo trago a mi café y respiré hondo. En el fondo, intuía lo que mi paciente me iba a pedir, y no es precisamente lo más fácil de mi especialidad. Al rato mi ayudante volvió acompañado de mi paciente. Cuando entraron, me levanté y le indiqué la silla que estaba frente a mi.

-Raúl, ya puede irse-dije.

Mi paciente se sentó. Era una chica joven y guapa, pero tenía la cara consumida por la tristeza y los ojos enrojecidos y enmarcados por unas ojeras oscuras.

-Bueno, cuénteme su caso-le dije.

-Supongo que usted ya sabe a lo que he venido-me dijo, sollozando-. Lo único que quiero es que pare el dolor. Me han dicho que es usted la mejor sanadora.

-Entiendo... Pero antes, ¿podría contarme cómo terminó todo?

-Pues verá, me han concedido una beca para estudiar en Londres todo el año y, cuando se lo iba a contar...

Entonces escondió su cara entre las manos y rompió a llorar. Me acerqué a ella y le tendí un pañuelo.

-Eh, tranquila...-le dije-. No hace falta que me diga más, voy a ayudarla.

-¿De veras, doctora?-dijo, levantando la cara- ¿En serio puede ayudarme?

-Si, pero esto conlleva un leve porcentaje de riesgo. Yo puedo hacer que pare el dolor, pero si usted no hace nada por curar la herida no servirá de nada, ¿entiendes?

- Yo quiero que se cure. No quiero tener que llorar más por ese indeseable.

-Entonces ya está decidido. Túmbese en el sillón que hay ahí.

Ella se tumbó en un sillón de color negro que estaba bajo una lámpara. Acerqué mi silla y dispuse una mesita a mi lado. Sobre la mesita, abrí el maletín con mi instrumental. Aguja, hilo, pinzas, piel artificial, todo perfectamente esterilizado. Cogí una bolsita de guantes y me los puse.

-Ahora necesito que te descubras el pecho-dije, poniéndome una mascarilla.

Ella se quitó la blusa, dejando al descubierto su pecho y mi zona de trabajo.

Entonces, con unas pinzas, le abrí la cremallera que tenía sobre el esternón y aparté la piel y el hueso, dejando al descubierto el corazón de la paciente.

-Señorita...

-Catalina. Me llamo Catalina.

-Catalina, necesito que me hables de él para poder curar la herida.

Ella respiró hondo y con voz temblorosa empezó.

-Se llama Enrique. Tiene 20 años, los cumplió hace un mes, ¿sabe? Su pelo es de color...

Cuando empezó a hablar, una parte de su corazón comenzó a sangrar con violencia. Examiné la herida. Era un corte grande y profundo, casi rasgaba el corazón a la mitad. Cogí un tubo que salía del sillón y lo puse sobre el corte, para que drenara la sangre. Entonces, saqué una aguja curva que tenía enhebrado un hilo de color negro y comencé a coser la herida. A medida que iba suturando, la voz de Catalina iba dejando de sonar triste, sino que sonaba más bien nostálgica, como la de quien recuerda un buen momento de su vida. Su rostro comenzaba a recobrar poco a poco el color, y sus ojeras se borraban. Con cada puntada, iban desapareciendo la tristeza y la rabia que inundaban su mirada... El odio hacia Enrique iba desapareciendo, lentamente, con cada tirón del hilo.

Una vez terminé de coser la herida, puse una tira de piel artificial envolviendo la sutura. Cerré la cremallera y miré a mi paciente. No había ni un rastro de tristeza en su cara, salvo una lágrima peregrina que rodaba por sus mejillas, aunque podía apostar mi diploma de la universidad a que era de felicidad. Me miraba con los ojos abiertos, como esperando a que le dijera lo que ya sabía, que estaba curada.

-Ya puedes levantarte-le dije sonriendo.

Se incorporó y se puso la blusa. Yo me levanté y entonces, me abrazó.

-Gracias doctora, gracias-me susurró mientras me abrazaba.

-No, gracias a ti-le dije, y la aparté para poder mirarla a los ojos-. Eres una chica muy fuerte, no tardarás en recuperarte. Suerte en Londres.

-Gracias de nuevo, doctora.

Se fue, muy diferente de cómo había entrado. Al rato entró Raúl y se sentó en la silla de mi escritorio. Yo miraba por la ventana.

-¿Cómo sabías que era una sutura? –me dijo.

-Déjalo en una intuición, Raúl-le dije, pensativa.

-¿Te parece si, después de tus pacientes, te invito a cenar y me lo cuentas?-me dijo, apoyando su mano sobre mi hombro.

Me giré hacia él.

-Bueno, acepto. Pero no te lo contaré tan fácilmente.

-¿Es que es un secreto del gremio?

Sonreí.

-Podría decirse que si. Anda, haz pasar a uno de los que tienen cita, que es pronto para pensar en la cena.

Raúl me dio un golpecito cariñoso en el brazo y salió del despacho. La verdad es que no tenía ninguna intención de contarle mi historia en ese momento. Él no tenía porqué saber que, antes de que yo me especializara, también había ido a que me suturaran. Y fue por aquello por lo que decidí hacerme sanadora. Para ayudar a aquellos con el corazón roto, como Catalina. Como yo...



jueves, 22 de septiembre de 2011

Dolor...


Nico se tumba, con los ojos enrojecidos, sobre su cama. Aprieta la cara contra la almohada y llora, de impotencia y de rabia.
No puede más. No lo soporta. Lleva un mes intentando deshacerse del amor que sentía por ella. No era un amor profundo, pero le duele. Cada vez que consigue llegar a un estado estable, cuando los médicos que vigilan su corazón roto le sacan de la UCI para que pueda volver a enamorarse, llega ella y se hace querer. Todas las barreras contra ella se rompen, los puntos de sutura saltan...
Nico se siente débil, como un triste y frágil juguete en sus manos. Y no puede más.
Sus amigos le dicen "Déjala, que ella intenta ser feliz"... ¿Y qué pasa con él? ¿No tiene derecho a serlo? ¿Ni tan siquiera a rozar la felicidad con los dedos?
Y ella, como si fuera inocente, le sigue tratando como si fueran amigos. Como si Nico no se sintiese mal porque ella le hubiera dejado por otro. Y cuando Nico no quiere hablar con ella, cree que está enfadado por aquello y se hace la víctima. "Olvídate de mi", le dice.
Nico querría decirle: "Qué más quisiera yo"

miércoles, 31 de agosto de 2011

Sólo un sueño

Sé que estás acostado junto a mi... Puedo notar tus dedos recorriendo mi cuello, tu aliento en mi cara...
Sé lo que encontraré si abro los ojos... Si lo hago, me enfrentaré a unos ojos que me hacen perder el sentido, a unos labios que me provocan escalofríos, a una sonrisa que me convierte en la persona más feliz del planeta...
Sé lo que hay al otro lado de mis párpados, por eso prefiero no utilizar las vista... Dedico mis otros cuatro sentidos a disfrutar de ti...
Sé que estoy disfrutando como en la vida, aunque haya decidido estar ciega para ello... Ahora no me importa no ver...
Sé que te tengo a mi lado, aunque no te vea... Mis dedos y mis labios serán hoy mis ojos...
Respiro hondo y abro los ojos...
No estás acostado junto a mi, no hay dedos recorriendo mi cuello, no encuentro tus ojos, tus labios, tu sonrisa... Ya no estoy ciega y, sin embargo, sigo sin verte...
Todo ha sido un sueño...
O quizás, sólo estoy soñando una realidad sin ti...
Si es lo último, quiero despertarme ya

lunes, 22 de agosto de 2011

A mis pies...

Hace frío, pero la vista es hermosa, casi hipnótica.
Las luces, el movimiento de los coches, el parpadeo de una ciudad a punto de dormirse, la gente que vuelve a sus casas de madrugada, la sombra proyectada en el cristal de dos amantes abrazándose en el edificio de enfrente, el olor del restaurante chino de dos calles más abajo.
Y, contemplándolo desde la azotea, Manuel.
Tiene todo ese mundo luminoso a sus pies, pero no lo admira.
Sus ojos están annegados en lágrimas. Dolorosas, opacas, traidoras. Lágrimas que parecen efímeras pero no terminan de acabarse.
En su mano, un teléfono móvil. En la pantalla aún iluminada se puede leer un mensaje: Hemos terminado.
Dos palabras que han resultado ser el arma más mortal que Manuel ha conocido. Esas dos palabras, aparentemente inocentes si te las encuentras solas o encerradas en las paredes de un diccionario, han hecho pedazos su corazón.
Y ahora, con los pies en el borde de la azotea, las lágrimas van dejando de brotar de sus ojos. Y es entonces cuando se percata de la belleza de lo que él, espectador privilegiado, tiene debajo.
Es el rey del mundo. Tiene el mundo entero a sus pies. Su reino es bello, aunque esa belleza tardará poco en irse apagando. Se da cuenta de ello y entonces decide hacerlo.
Coge carrerilla y decide lanzarse a abrazar la belleza del mundo a sus pies.
En la azotea, testigo mudo de ello, el teléfono móvil. En su pantalla se puede leer: Mensaje enviado.
Las últimas palabras que escribió Manuel al receptor del mensaje : Adiós, amor.

miércoles, 22 de junio de 2011

Morfeo (Fecit 2009)


Sara tenía miedo a los monstruos desde muy pequeña. Y, aunque tuviese 16 años, seguía aterrorizada cada noche cuando apagaba la luz. Era un miedo irracional, infantil y absolutamente estúpido, pero no podía hacer nada contra ello. Sólo abrazar a su peluche la reconfortaba. No recordaba quién le había regalado a “Mister Bigotitos”, pero abrazarlo le proporcionaba una sensación de paz y seguridad siempre que tenía miedo.
Por eso, aquella noche, cuando oyó crujir la puerta y un susurro invadió su habitación, estrechó con fuerza al gato de peluche y murmuró: “Seas lo que seas, desaparece, desaparece, desaparece”
Junto a ella, oyó un sonido de campanillas y sintió como si, de repente, Mister Bigotitos desprendiese calor. Cada vez percibía más cerca aquella sombra susurrante, como si intentase atacarla. Entonces, junto a ella, una figura que antes no estaba carraspeó y dijo:
-Si me abrazas tan fuerte, no podré protegerte de eso.
Sara miró a su lado y, donde debía estar su peluche, había un chico. Le soltó de repente y él se levantó de un salto. Ella miró aturdida, sin terminar de entender qué demonios hacía ese chico allí, como el se dirigía hacia otra persona que estaba junto a su cama. La otra figura llevaba una túnica negra y alzaba una especie de daga curva, que apuntaba directamente hacia Sara. Entonces el chico sacó una espada larga de una funda que llevaba a la espalda y acuchilló al encapuchado, que se desvaneció con un silbido.
El chico se dio la vuelta y dirigió una sonrisa triunfal a Sara.
-Trabajo resuelto, jefa –dijo él.
Entonces ella pegó un grito escandaloso, que despertó a toda su casa. El chaval se asustó e intentó calmarla. Entonces, el padre de Sara entró en la habitación y encendió la luz.
-¿Qué te pasa, cielo? ¿Otra pesadilla?-le preguntó, notablemente asustado.
-¡PAPÁ, MIRA! En mi habitación se ha colado un perver…-dijo, señalando al lugar donde estaba el chico. Entonces, ella enmudeció. En el lugar donde él debería estar, estaba Mister Bigotitos.
-No se ha colado nadie en tu habitación, era una pesadilla-dijo su padre, apagando la luz-Intenta dormir, cariño.
-Pe…pero… si estaba aquí
-Buenas noches, cielo-dijo su padre, ya desde el pasillo.
Entonces, volvió a oír las campanitas y sintió como algo se apoyaba ligeramente en su colchón.
-No hacia falta que te pusieras así-le dijo el chico, que había vuelto a aparecer de entre las sombras- Eres un poco histérica.
Ella hizo ademán de gritar, pero él fue más rápido y tapó la boca de Sara con la mano.
-Te lo explicaré todo si no gritas, ¿OK jefa?-le dijo.
Sara se tranquilizó un poco y encendió la luz. El chico era alto y moreno. Tenía el pelo largo recogido en una coleta y sus rasgados ojos azules transmitían una sensación agradable. Llevaba una camiseta blanca y unos pantalones vaqueros, de los que asomaba una cola negra de gato. En cuanto se fijó en la cola, Sara se dio cuenta de que también tenía unas orejas del mismo color que asomaban de su cabello oscuro. A su espalda, estaba la funda con la espada que le había visto usar. Era un chico guapo, y no tenía aspecto de ser un psicópata.
-¿Quién eres?-dijo ella, confusa.
-Para empezar, no soy un pervertido, como le ibas a decir a tu padre –repuso él, con una sonrisa traviesa (haciendo que Sara se sonrojase)-. Podríamos decir que soy tu ángel de la guarda o PEANUT. Aunque tu me conoces como “Mister Bigotitos”.
-¿Cacahuete?-dijo ella, aún más confusa.
-Protector Escudo de Almas contra Nocturnos, Umbras y Terrorosos-añadió el-. Me llamo Morfeo y llevo protegiendo a tu familia durante varios siglos, aunque es la primera vez que me muestro ante alguien. Esta noche te he defendido de un terroroso que llevaba rondando por tu casa varios días.
Morfeo pasó toda la noche explicándole a Sara que los terrorosos, las umbras y los nocturnos eran unos monstruos de la noche que intentaban llevarse la vida de las personas con un aura benigna para poder usarla en sus experimentos. Este tipo de aura se daba en la familia de Sara y, por ello, él estaba encargado de protegerles como PEANUT de la familia.
La historia parecía absolutamente irreal, absurda y estúpida, pero Sara la escuchó hasta el final.
-Bueno, ¿qué te parece?-dijo él, una vez hubo terminado.
-Bueno, parece demasiado fantástica e increíble…-empezó ella.
-¿¡No te ha valido todo lo que has visto esta noche!?-la interrumpió Morfeo, molesto.
-¿Me dejas terminar, por favor?-dijo ella-. Como iba diciendo, parece demasiado fantástica e increíble. Pero, en vista de que todo esto no es un sueño y que todo lo que me has contado suena cierto, no me queda más remedio que creerlo.
Morfeo sonrió y miró hacia la ventana.
-Deberías dormir un poco, Sara-dijo-. Mañana tienes clase y si no vas a tener unas ojeras monstruosas.
-No sé si podría, después de todo esto…
-Yo puedo ayudarte-dijo él, mirándola con esos ojos azules tan profundos-. Es uno de los poderes que tenemos.
Morfeo tomó a Sara en sus brazos y la acostó. Entonces, la abrazó y a ella empezó a invadirle una sensación de paz y tranquilidad, como siempre que abrazaba a su peluche. No le disgustaba que él estuviera abrazándola. Es más, se sentía cómoda, protegida, segura…
-Buenas noches, Sara-susurró él en su oído-. Que sueñes con los angelitos.
Y entonces, ella cerró los párpados y se quedó dormida, soñando con angelitos de la guarda, terrorosos y con su peluche. Se sentía en el lugar más seguro del mundo, refugiada en brazos de Morfeo.

viernes, 17 de junio de 2011

La caza


Me encanta jugar contigo...
Te veo pasar por mi casa y, cuando dan las cinco, salgo en tu busca. A veces un paso, dos, tres, seis... Todo me vale para intentar acabar contigo
Veo que hay más personas que intentan capturarte, pero sé que serás mío y solo mío... Intentas refugiarte de todos y encontrar un sitio donde sentirte a salvo, pero te sigo acechando.
Sabes que, una vez que te haya atrapado, no podré evitar comerte, destrozarte, matarte...
Corres, y yo te sigo. Te zafas de todos, pero yo sigo detrás de ti, como un león acechando a su presa.
Y, cuando estas a punto de llegar a la meta, de ponerte a salvo para siempre, te capturo con una sonrisa triunfal.
Y no lo puedo evitar, tengo que hacerte mío, comerte...
Y después, contar 20 pasos hacia delante
Definitivamente, lo que más me gusta en el mundo es jugar contigo al parchís!